|COLUMNA| Los pecados del fútbol

DESDE ESPAÑA CON AMOR

Existen tres estadios en los cuales podríamos agrupar los estados de ánimo a que son sometidos los hinchas y simpatizantes de un determinado equipo de fútbol. Todo dependerá de a quién se siga con devoción beata (cual experiencia religiosa) y la implicación emocional y psicológica a la hora de sentir unos colores.

Los hay que viven en un perpetuo estado de exaltación debido a la pertenencia a un club de los denominados “grandes”. Y entendemos por dicho calificativo, todo aquél conjunto que temporada tras temporada aspira a ganar todo cuanto se le ponga por delante. Son los socios, hinchas o simpatizantes que un buen día se subieron a un carro vencedor con la esperanza de caminar eternamente en la gloria.

Gran pecado de quien piensa que por pisar un territorio repleto de historia y triunfos los caminos se le allanan sin más. El fútbol, ese maravilloso deporte que se alimenta de pasados gloriosos cuyos resortes ayudan a forjar el presente, no entiende ni de historia ni de trofeos conquistados. Su lema: “con el nombre no se gana”.  

Existe un segundo grupo de simpatizantes cuya misión en esta vida futbolera es alentar y acompañar a un equipo, digamos “chico”. Estamos hablando de seguidores sometidos a la terrible tortura de viajar junto a un club que hoy es noticia por un descenso y la temporada siguiente por estar a punto de desaparecer.

Su “pecado” no es otro que ser fieles a una entidad de escasos recursos, que por regla general concita escasos seguidores y, cuyo transitar en la historia del balompié da para más penas que alegrías. Pero el fútbol, sabio él, suele de vez en cuando pavimentar sendas tortuosas y convertir a un equipo modesto en uno “grande”, aunque sea sólo por unos meses. Es cuando este deporte nos dice:”no hay enemigo pequeño”.   

El tercer grupo lo componen básicamente lo que yo denomino “mercenarios del fútbol”, que no son otra cosa que la pléyade de gentes dispuestas a subirse en las victorias y bajarse lo antes posible en las derrotas. Son los interesados. Los hinchas de paja cuya cara sólo asoman cuando los vientos son favorables y se cubren con un pasamontañas cuando el frío arrecia.

Estos si que tienen delito. Sin remordimiento alguno, cometen el pecado de desaparecer del mapa cuando más los necesita “su” equipo. Son los mismos personajes que creyéndose agraviados, reniegan de un sentimiento poniendo cuantas más minas mejor.  

Aquí el fútbol no tiene nada que decir. Se limita ha acogerlos con la esperanza de que algún día se vayan por donde vinieron, para dejar paso al alma fiel y auténtica que llora en el cielo y canta en el infierno.

MI PECADO

Yo, sin ir más lejos, cometería un pecado (venial o mortal), lo dejo a su criterio, sino hiciese lo que habitualmente tiendo a reseñar por el norte de mis columnas, consistente en enviar una serie de saludos que hice norma. Así, que para expiar mis pecados, me encamino inmediatamente a:

-Saludar efusivamente al pueblo de Arellano, en el cual me encuentro como en mi casa, debido al cariño y amor con que me acogieron sin preguntarme si era rubio o moreno.  

-Estar rodeado de la gente que da vida a @SomosChileRadio y @DaleAlbo es una experiencia única que jamás olvidaré. Me recibieron con los brazos abiertos y de sus enseñanzas alimento el pasado, presente y el futuro de Colo-Colo.

-Da un placer enorme compartir caminos con gentes cuya disparidad de sentimientos por unos colores es patente, pero con quienes me une una bonita amistad donde predominan el respeto, la empatía y la buena camaradería.

-Si en ocasiones mi ego se hincha no piensen que soy así, jejeje. La culpa la tiene todo ese grupo de personas que de forma insistente perpetuaron el alabo hacia mis trabajos. Y aunque no llegaré a acostumbrarme del todo a tanto parabién, sí reconozco que un ligero pellizco de satisfacción me invade cuando recibo las felicitaciones de mis fieles lector@s.

PECADOS DE TODOS LOS COLORES

Una vez expiados mis pecados, toca acudir al infierno. Infierno en que es convertido el mundo del fútbol en no pocas ocasiones. El abanico es amplio. La gama de colores es extensa y variada. Transitan desde la misma cancha a los extramuros del fútbol.

Desde arbitrajes horrorosos, entradas violentas, tanganas y peleas entre jugadores o aficiones. De piscineros, de quienes optan al Óscar al mejor actor de reparto, de codos que vuelan, de insultos racistas y/o xenófobos, de escupitajos, de declaraciones explosivas, de patadas a destiempo y así un largo etcétera.

Podríamos estar tres columnas y media recitando todo aquello que empobrece un partido de fútbol, pero con estos ejemplos creo es suficiente. Sé que son parte inherente de un deporte movido a ritmo de pasión, donde las pulsaciones van a mil por hora y la lógica y el sentido común se van sin ser vistos.  

Es pecado en sí mismo dar como normal cuanto anteriormente cité. Deportes de contacto como el baloncesto, balonmano o el mismísimo rugbi muestran una mayor solidaridad entre sus participantes. Son escasos las entradas alevosas, los fingimientos y las reyertas. Los actores intervinientes juegan con la nobleza que se supone otorga a quien los practica.

En cambio en el fútbol todo tiende a magnificarse y a llevarse a los límites de lo extradeportivo. Tal es así, que algunos encuentros parecieran más un conflicto armado que un partido de fútbol. Y en ocasiones, el francotirador de turno sale de caza, fija la presa y lo manda a vestuarios antes de tiempo.   

Y fuera de los terrenos de juego el panorama es mucho peor. Partiendo desde la corrupción, siguiendo por los violentos grupos de aficionados, o pasando por dirigencias que los arropan, o por cuantos convirtieron el fútbol en un negocio dejando de lado los valores humanos y el respeto por las hinchadas, la sensación vivida dista mucho de ser idílica.

NO ES EL CAOS, PERO…

A simple vista pareciera haberme vuelto tétrico. Puede que así sea, pero no es menos cierto que nunca me acostumbré  a ciertas formas de actuar, tanto dentro de la cancha de juego como fuera de sus lindes. Violencia, malos modos, dirigentes pésimos, grupos radicales o jugadores marrulleros siempre los hubo. Es una parte más de las infinitas historias que este deporte lleva en sus alforjas.  

Y aunque nada ni nadie lo remedie, de vez en cuando el auténtico fútbol (que también vive de esto) dejará paso a los pecados que deslucen los sueños y amargan presentes. Son hechos y situaciones que a l@s amantes del balompié en general se nos clavan como puñales y trastornan nuestro bienestar.  

UN PECADO LLAMADO BOTAFOGO

Cambio de registro. Del fútbol en general al nuestro en particular. Toca analizar los pecados cometidos por Colo-Colo y toda Chile, desde el mismo momento de conocer que un equipo brasileño que responde al nombre de Botafogo nos cayera como penitencia.

Pero antes dos aclaraciones estimo son necesarias. En primer lugar, comentar lo que es sabido por mis seguidor@s. Lamentar no haber podido seguir la retransmisión del encuentro por los cauces habituales (@SomosChileRadio y #DaleAlbo) por culpa de horarios incompatibles. De ahí que no entre a juzgar el partido en sí.

No sería noble condenar a galeras a Colo-Colo por un mal primer tiempo ni alabarlo por un mejor segundo acto en función de lo expuesto en redes sociales. Reconozco que todos los artículos a los que tuve acceso permitieron hacerme una composición de lugar, donde mis compañeros de letras (y otras fuentes) me dibujaron el trascurrir del partido.   

La segunda aclaración hace referencia algo que viene siendo habitual. Cuando esta columna salga al mundo, ya se sabrá el resultado final de la eliminatoria contra Botafogo. Es de esperar, que tras la publicación de mi nuevo extenso trabajo, nuestra única preocupación consista en querer como rival a Independiente del Valle o a Olimpia de Asunción para la tercera ronda clasificatoria.

Lo que a continuación deseo expresar es una serie de pensamientos forjados en la distancia. Distancia que si bien es cierto tiende a no completar la realidad colocolina, no impide del todo acercarme a su presente.

Cuando se realizó el sorteo para la Copa Libertadores 2017 y se supiera que nuestro rival sería Botafogo, un hado de pesadumbre y malestar campeó a sus anchas entre la afición de Colo-Colo. Los comentarios realizados hablaban de una llave harto complicada. Cierto grado de pesimismo se instaló entre nuestra gente. El nombre de Botafogo y el hecho de ser brasileño empezó a acongojar a más de un@.

Fue entonces cuando ante mí aparecieron los viejos fantasmas que en gran medida retrasaron el auge del fútbol chileno: el complejo de inferioridad. Fue saber que el rival era brasileño y las alarmas se encendieron. Se dio por hecho muchas cosas de antemano. Hasta el propio Pablo Guede cayó en la trampa.

Tremendo pecado el cometido por quienes pensaron que todo equipo de aquel país juega como los ángeles; que viven de una presión agobiante y no te dejan respirar; que ensanchan el terreno de juego como si jugasen a las cuatro esquinas y que son invencibles en parte gracias a una “torcida” aguerrida, chillona y que presiona e impresiona al rival de turno.

En su día (y no quiero ser ventajista) ya comenté que Botafogo daba más miedo al aficionado colocolino por el nombre que por su valía actual. Me pregunté si en Botafogo la idea de enfrentarse a todo un Colo-Colo no les sintió como una patada en los tobillos. De seguro hubiesen preferido otro rival. Y mientras tanto en Macul poniendo velas a todos los santos conocidos y por conocer.   

La realidad fue otra. Según cuenta Pablo Guede (el mismo que visionó 21 videos de Botafogo), de qué época ya es otro cantar, más lo comentado por los propios jugadores del cacique, llegué a la conclusión de habernos enfrentado a un equipo brasileño que no ejerció de tal, cuya misión consistió en buscar el error ajeno más que en explotar los méritos propios. Incluso se señaló a un conjunto cansado al final de partido.   

Mi respuesta no se hizo esperar. Si bien reconozco que cada equipo emplea las armas que estima necesarias en función o no de los recursos que posea, lo cierto es que sobrevivir a una eliminatoria de Libertadores en formato copa buscando más el error del rival en vez de aportar sus cualidades, me pareció y me sigue pareciendo algo mezquino y ramplón.

Y entre miedos patológicos o incrustados en el ADN chileno, el bien reforzado conjunto brasileño, la octava maravilla del mundo y reino de las exquisiteces futbolísticas, se fue al descanso en el marcador con un 2-0 a su favor, gracias sobre todo al infortunio y a fallos de Colo-Colo que a méritos contraídos por un contrario con el miedo metido en el cuerpo. Solo que ellos supieron disimularlo mejor.   

Un juego pobre en recursos y ruin estuvo a punto de arruinar un sueño. Mucho antes de disputar el partido de la muerte en tierras donde el fútbol es religión, el nombre de Botafogo casi mata por aplastamiento a un Colo-Colo y unos aficionados que pecaron de sobredimensionar a un contrario que en poco o nada es superior a nosotros.  

Cuando te empequeñeces todo lo demás se nos vuelve gigante, enorme e inaccesible. Cuando no se valora lo que se tiene y dejas que el miedo se apodere, todo lo trabajado puede no servir de nada, incluso que los goles de Don Esteban Paredes se queden como pura anécdota.

Una cosa es tener respeto por el rival de turno y otra muy distinta es hacer de un montón de polvo una montaña. Que el pecado de sentirse inferior no interfiera en un torneo en el cual tenemos depositadas muchas esperanzas.

FUERZA ALBA

*Columna dedicada a Michael Ríos, Jorge Araya, Branco Provoste y Matías Zaldivia. Por una pronta recuperación.   

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